Nuestra propia base de datos Efectiviscore del uso del tiempo en el trabajo arroja una media de 2,5 horas al día dedicadas al correo electrónico en España, cifra semejante a otros estudios internacionales publicados. De este tiempo, menos de la mitad es de alto valor. ¿De verdad no tenemos nada mejor que hacer con esas dos horas y media cada día?
La adicción al correo electrónico va más allá de lo que un observador objetivo podría considerar un comportamiento normal. El trabajador medio chequea su email o programa de mensajería cada seis minutos, según un estudio de la aplicación RescueTime realizado con datos anónimos de 50.000 usuarios. Esto básicamente equivale a una auto-destrucción de nuestro propio trabajo concentrado, ya que el tiempo necesario para que nuestro cerebro alcance un nivel máximo de concentración está por encima de los 25 minutos, como hemos comentado en newsletters previas.
Pero hay más. Si observáramos a un animal realizar un comportamiento recurrente una vez cada minuto de media, algunos pensaríamos que algo no está funcionando bien. Pues bien, en este mismo estudio se indica que uno de cada seis trabajadores comprueba sus mensajes, de media, ¡una vez cada minuto en horario laboral! Menos de uno de cada cinco trabajadores pasa de media más de 20 minutos sin revisar sus mensajes.


EL CORREO ELECTRÓNICO Y LOS JUEGOS DEL AZAR
Las razones de nuestra adicción al email no tiene que ver con el mundo digital, sino con las características de nuestro cerebro primitivo. ¿Alguna vez has disfrutado más la anticipación de las vacaciones, pensando en lo que ibas a disfrutar, que las propias vacaciones? ¿Alguna vez has disfrutado más ahorrando y anticipando la idea de tener un objeto, que el disfrute real cuando ya lo tenías? ¿Alguna vez has tenido más ilusión la víspera de los Reyes Magos, que ya con los regalos abiertos jugando con ellos? ¡Bienvenida/o a la raza humana! Nuestro cerebro “recompensa” en mayor medida la búsqueda de un objetivo que el propio hecho de alcanzarlo. Nuestros antepasados lejanos tenían que soportar largas travesías, esfuerzos y peligros para alcanzar objetivos de supervivencia, por ejemplo cazar grandes animales o realizar migraciones a largas distancias. Nuestro cerebro evolucionó, a través del circuito neurológico de la dopamina, para recompensarnos por la búsqueda.
Y decenas de miles de años después llegó el correo electrónico. Cada vez que recibes un correo electrónico, existe la posibilidad de una recompensa: una noticia interesante, un mensaje positivo de un compañero, o una oportunidad. La anticipación de revisar el correo electrónico y la posibilidad de recibir algo gratificante puede llevar a la liberación de dopamina, un neurotransmisor asociado con el placer y la recompensa. El acto de revisar tu correo electrónico se vuelve gratificante en sí mismo, independientemente del contenido real de los correos electrónicos recibidos. Para hacer la historia más interesante, el correo electrónico es una forma de sistema de recompensas variable: muchos correos electrónicos pueden ser mundanos o incluso estresantes pero, ocasionalmente, hay uno muy gratificante. Esta imprevisibilidad es similar al juego y puede hacer que el comportamiento de revisar los correos electrónicos sea más adictivo. El cerebro sigue buscando el 'golpe' de un correo electrónico gratificante, lo que lleva a un comportamiento compulsivo.
LA SUPERVIVENCIA DEL INDIVIDUO COMO MIEMBRO DE LA TRIBU
Hay un segundo fenómeno que contribuye a explicar nuestra adicción al correo electrónico. Históricamente, la supervivencia humana dependía de la cooperación y la cohesión social dentro de las tribus, lo que generaba una necesidad psicológica profunda de contribuir y ser aceptado por el grupo. Por ejemplo, en épocas de sequía o ante un ataque foráneo, las relaciones e interacciones profundas con otras personas de la tribu podía ser la diferencia entre vivir o morir.
En el mundo moderno, los entornos laborales y sociales funcionan como tribus digitales donde el correo electrónico es una herramienta clave de comunicación. Si te estresa el saber que has recibido un correo electrónico de un compañero y no has podido leerlo o atenderlo, estás en buena compañía. Nuestro cerebro, primitivo, hace equivalente esta actuación a la de que una persona de la tribu nos pide ayuda y no atendemos esta petición. Es un comportamiento que puede amenazar la “vida” de ese compañero y que puede llegar a amenazar nuestra existencia en el futuro. Por supuesto que sabemos que en realidad no es así en absoluto. Sin embargo en un mundo en el que nuestros mayores factores frecuentes de estrés son hablar en público o perder el metro, ¿qué podemos esperar?


EL DÍA EN EL QUE CAMBIÓ PARA SIEMPRE LA COMUNICACIÓN EN LA EMPRESA
Para finalizar este artículo, déjame contarte lo que implicó la puesta en marcha del correo electrónico de empresa, contada por uno de sus protagonistas. Adrian Stone es un ingeniero que comenzó a trabajar en el gigante de la informática IBM en 1982. En aquel momento IBM estaba introduciendo el correo electrónico interno, y una de sus primeras tareas fue estimar la capacidad de potencia y almacenamiento necesaria para este nuevo servicio a los empleados. Previamente los canales de comunicación en la oficina eran fundamentalmente tres: el teléfono (fijo) del escritorio que incluía correo de voz, hablar en persona, y las notas o memorandums en papel, ya fuera dejadas en el sitio o enviadas por correo interno. Stone estudió el volumen de estos flujos de comunicación, y con esto la compañía dimensionó el servidor a instalar, con un coste de diez millones de dólares de la época.
Y he aquí que se lanzó el correo electrónico interno, y todo cambió de la noche a la mañana. Las comunicaciones se volvieron instantáneas y gratuitas, tanto en coste como en esfuerzo. Ya no era necesario caminar hasta la planta en la que trabajaba cada persona con la que queríamos hablar, a ver si estaba, y si no dejar una nota. Las llamadas de teléfono y las notas en papel desaparecieron de un día para otro. La utilización del email explotó, y la capacidad calculada para ese nuevo y flamante servidor de correo electrónico se saturó en apenas unos días. Nadie anticipó que ahora cada email enviado era copiado a varias personas más, con lo que generaba de 3 a 5 más emails, incluyendo al destinatario, a su jefe, al jefe de su jefe, además de al propio jefe del que lo enviaba. Cada email generaba cascadas de nuevos emails.
¿Quién fue el responsable de esta dinámica tan perversa? No lo fueron los ejecutivos de IBM, ni los frustrados empleados que ahora tenían que lidiar con una cascada incesante de mensajes. La intención al instalar el nuevo sistema había sido que la misma comunicación se realizara por un medio más eficiente, y de forma más sencilla. Fue la propia tecnología que, en un fenómeno denominado “determinismo tecnológico”, transformó el comportamiento de las personas de manera imprevista, muy rápida y, en buena parte, no deseada.
-Alberto Fernández
Managing Partner
